A PESAR DE LOS GOLPES, LOS MOMENTOS VIVIDOS...

Sabemos el resultado, nos sabemos de memoria los goles: los vimos MIL VECES en las últimas 24 horas. Pero así lo vivimos adentro.

Había que llegar temprano para asegurarse un lugar en el Estadio que, como siempre iba a estar colmado aunque con la incesante lluvia, te daban ganas de caer bien sobre la hora... Pero no importaba cómo, había que estar en La Ciudadela.

En la previa se hablaba mucho de la ventaja deportiva y creo que en los primeros minutos, era lo que todos teníamos en mente, incluidos los jugadores de ambos equipos. Por eso Dálmine llegaba y llegaba, y el “Santo” no daba pie con bola. Y así llegaba el primer gol de la visita, que a más de uno hizo que se nos cayera la cara. Las ilusiones se empañaban viendo ese mano a mano, que definió Burzio al palo derecho de Arce. Todos los jugadores se quedaron parados, esperando la bandera del juez de línea que diga que no era cierto, que no estaba pasando y en las tribunas se replicaba el sentimiento. Pero era válido y recién iban 10 minutos de juego.

San Martín trataba de revertirlo, y llegaba sin éxito. Hasta que a los 22’, Rodríguez picaba una pelota que todos vimos adentro, que todos gritamos pero que había dado en el travesaño y salió increíblemente.

Para colmo, un minuto después, la segunda pelota tocaba la red. Cuando más cerca veíamos el empate, los visitantes se ponían 2 a 0 arriba. Centro desde la izquierda, remate bien puesto que tapa Arce, pero Rivadero lo agarró en el punto del penal y marcó. En un partido cerrado y con una lluvia torrencial que hacía todo más complicado, más lúgubre, más triste, así como en las películas… cuando te remarcan con el clima así que al protagonista todo le sale mal… Y veníamos ya de una desilusión grande ante Brown.

Era increíble, de verdad, el resultado que se estaba dando. A más de uno se nos vino el mundo abajo pero teníamos fe o como me repetía mi mamá antes de salir para la cancha “La lluvia es esperanza, hija”. Y sí, esperanza sobraba.

La otra mitad del primer tiempo pasó sin mucho más. La suerte parecía echada y encima, los jugadores de la visita y el arquero Perafán se turnaban para hacer tiempo, que corra el reloj, que no se juegue. Y los ánimos se iban caldeando. San Martín quería descontar y cada llegada parecía una chance clara, pero no se daba. Los primeros 47 llegaban a su fin y había que sufrir la otra mitad todavía.

Para el segundo tiempo salió Serrano y entró Costa. Cambió el dibujo: línea de 3 con Busse que baje a colaborar pero era matar o morir. Y los de Forestello no estaban muertos.

Los primeros minutos fueron todas de San Martín, que llegaba de todas formas al arco. La necesidad de descontar era imperiosa porque el sueño seguía vivo pero el reloj no se detenía. Aunque por momentos, los minutos parecían interminables. A los 10’ Galeano le pegó desde exactamente el punto medio entre la medialuna central y área, desde lejos pero bien colocada. Tanto, que si Perafán no intervenía mandándola al córner, era el descuento. Pero todavía no llegaba, había que seguir sufriendo.

El “Santo” seguía peloteando el área, no volvía, no bajaba, Dálmine no llegaba al arco de Arce y este aprovechaba para salir jugando hasta mitad de cancha: todo valía.

Después de una llegada de García y continuando con su afán de hacer correr el reloj, el arquero se tiró y se hizo atender. Mientras tanto, aún 2 a 0 abajo, el “Pueblo Ciruja” puso la fiesta. Bengalas, fuegos artificiales, banderas, bombas y todos unidos en el canto de “No me arrepiento de este amor y aunque me cueste el corazón, llevo la camiseta en la piel y me voy a morir por Ciudadé” Y casi que esa última frase se hace realidad.

Se reanudó el juego de la misma forma, con los rojiblancos pegados al arco rival. Así llegaba una jugada INCREÍBLE. Todavía no me explico cómo no entró: sí, esa de Martínez para Costa y que enganchó Rodríguez que se fue pegadita al palo, desde adentro del área chica. Y otra vez Perafán a hacer tiempo, porque se le venía dura, porque el “Santo” no dejaba de intentar. Esta vez no fue gratis, se adjudicó la amarilla.

Los fuegos artificiales no cesaban, la gente cantaba más fuerte, la lluvia no perdonaba y el árbitro creyó que lo más conveniente era detener el partido, por la baja visibilidad. Se desató la fiesta, ya sin restricciones. El rugido de la gente se hacía sentir, temblaba el estadio y empujaba a San Martín.

Seguía llegando el local, pero no entraba la pelota, parecía maldición. Rodríguez se perdió una solo, con el arco vacío. Esa que inexplicablemente se fue a la par del palo y que nos detuvo los corazones. Veintisiete minutos tuvieron que pasar de la segunda parte para que Arce saque largo, Bieler la vaya a buscar casi en la línea del fondo y con la presión de Perafán encima, la juegue atrás para Costa, que la llevó, enganchó solo en el área y sacó un remate imparable. Se gritaba en todos lados, era el descuento. Quedaba tiempo y la diferencia se había achicado, pero aún más importante, se había abierto, por fin, el arco.

Forestello pedía calma y sí, era necesaria. Ahora Dálmine se despertaba y quería sellar el resultado, pero el cansancio se hacía notar y sí, seguía lloviendo. Unos minutos después, la visita quedaba con 10 por un patadón de González a Costa. Doble plancha hacia adelante y roja directa. Y se daba el lujo de seguir haciendo tiempo, al no querer abandonar el campo de juego, reclamándole al árbitro por su acertada decisión.

Desde ese tiro libre salió otra oportunidad increíblemente malograda. Centro de García, Bieler, Charro que la quiso despejar y se la puso en los pies a Busse, remató pero se desvió en Altuna y no entró aunque todos lo habían gritado. Y seguía intentando el “Santo”.

Pero acá comienza lo infartante: 35’ Sapetti la quiso despejar pero Busse estaba agazapado, esperando esa pelota, tiró el centro y bien ubicado, en el medio del área chica, Bieler cabeceaba y ¡GOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOL!

El tan ansiado empate llegaba. 2 a 2, después de haber estado 2 a 0 abajo. El “Santo” remontaba y acariciaba el pase. La felicidad era indescriptible, se abrazaban, lloraban, se persignaban, saltaban, gritaban… Y yo, bueno, en el otro extremo del espectro: parada, temblando, con las lágrimas atascadas en la garganta; tan así que desde arriba, en mi hombro, sentí una voz que parecía lejana, pero la cara que la modulaba estaba a centímetros y me decía “¡DALE, GRITALO!” pero no podía, porque la intuición (o el pesimismo) me decía que era muy bueno para ser cierto…. Y algo de razón tenía.

Más arriba dije que el “me voy a morir por Ciudadé” era casi literal y había que seguir sufriendo, porque quedaban por lo menos, 10 minutos. Pero a la gente no le importaba nada: Saltos, cantos, puños apretados, lágrimas y la ilusión intacta. No te miento: 38’. Gol de Dálmine. 3 a 2 arriba, se detuvieron los corazones, no lo podíamos creer, nos dolía el alma. La ilusión se nublaba después de tres minutos de haber estado clasificados. Y seguía lloviendo.

Si te cuento el gol, es porque lo volví a ver, porque en ese momento, tenía diez personas adelante, todavía festejando. Y por eso, porque no lo vi, para mí era irreal. No podía ser, pero me acordé de esa voz dentro de mí que me decía que no estábamos tranquilos. Obvio, volvíamos a sufrir. No estábamos derrotados, pero éramos conscientes de que era más difícil volver a remontarla.

Pero te lo cuento, no es porque me guste revivir esa angustia, sino porque ¡MIRÁ LO QUE SUPERAMOS! Centro y Arce salió mal, se lo querían comer, la pelota dio en el palo, respirábamos pero estaba López en el medio y la mandó adentro nomás. Se metieron todos a festejar, se apilaron, cuerpo técnico, jugadores, suplentes…. Y cómo no, estaban clasificando. Y seguía lloviendo.

Forestello metió el cambio, no se quedó de brazos cruzados. Arriesgaba, dejando vacío el fondo y todas las fichas adelante. A los 42’ Arce achicó y paró otra. Menos mal. Pero salía jugando, armaba la jugada para que el “Santo” siga atacando. Y como salía, quedaba adelantado y la contra era peligrosa.

Llegaba el temido tiempo cumplido. 45’ del segundo tiempo, a los que el árbitro sumó 5. Había tiempo. Aunque dejenmé contarles que no me enteré de esto. Para mí, era interminable. Menos mal. Galeano, Busse, Galeano, Bieler y se fue a la par del arco. Les digo, parecía maldito. Y seguía lloviendo.

Porque es San Martín, a los 48’ después de como, no sé, 1256 toques, Galeano y un cabezazo para hacer historia. Sí, gol, GOLAZO. 3 a 3. 3 a 3 y clasificación. 3 a 3 y un paso más cerca del ascenso. 3 a 3. IN-CRE-Í-BLE.

Fueron tres remates: uno salvado en la línea, el otro que salvó el arquero y el tercero, que Perafán rozó con los dedos, pero tal misil de Galeano, impulsado por la gente, por las ganas, por los colores, por la camiseta, por la gloria, era inatajable. Lo grité, lo gritamos todos. Llanto, abrazos, canciones, oraciones…

Pero Forestello no lo gritó, al toque tenía el tercer cambio listo. Bossio. Se lo llevó del brazo y lo puso al borde de la cancha. Y encima, DOS MINUTOS MÁS. HASTA LOS 52’. ¿Qué podría contar de esos dos minutos, de lo que sea que pasó adentro del campo de juego? Ni idea, porque no los vi. ¿Pasó algo más después del gol? No sé. ¿Importa? No creo. Pero seguía lloviendo.

PITAZO FINAL. Ese que sellaba el pase, sellaba la gloria, la hazaña. Convertía en realidad esas dos últimas horas que habían parecido soñadas (y no siempre en el buen sentido). Y “La Ciudadela” se vino abajo. Todos se fundían en abrazos, se unían a los cánticos y llantos. Ese llanto contenido, esa angustia convertida en alegría.  El sueño está muy cerca, y esta vez, no se nos puede escapar. Hay equipo, hay hambre de gloria, hay ganas y, sobre todo, hay apoyo.

Ahora, permitanmé contarles algo: Después de la que erró Rodríguez, justo antes del gol, quemé una cábala y mirá cómo nos fue. Desde el 2 a 2, se me hizo toda una laguna mental, sé lo que sentía, sé lo que vi, estaba presente pero desconcentrada, ¿por qué? estaba muy ocupada rezando, haciendo macumbas que heredé de mi abuela, pidiéndole a mi papá, un ciruja en el Cielo, que colabore para el milagro. Porque yo no había perdido la fe, porque más allá de lo pesimista, de todo lo que se me cruzó por la cabeza durante el partido, había salido de casa sabiendo que iba a sufrir, y que no se terminaba hasta el último minuto. Somos San Martín y ganamos a lo San Martín. Canté, abracé y agradecí, al Cielo, a la suerte, a los “cirujas”, a los jugadores, al CT y lloré. Lloré y seguía lloviendo….

 

 

Con el empate en 3 y por la ventaja deportiva del mejor clasificado, San Martín eliminó a Villa Dálmine y espera rival para las semifinales del Reducido de la B Nacional, en busca del ascenso a la máxima categoría del fútbol argentino.    


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