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Elio Oktubre

Columnista
eliooktubre@laweek.com.ar
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ROGER FEDERER, OTRA VEZ
19-07-2017 17:06:00 hs.

Roger Federer lo hizo de nuevo. Otra vez jugó en un nivel superlativo a lo largo de las dos semanas que dura un Gran Slam, otra vez deslizó toda su maestría y genialidad sobre el césped del All England Club, otra vez conquistó Wimbledon, otra vez nos dejó sin palabras, sin elogios capaces de dimensionar lo gigantesco de su trayectoria y de su tenis, otra vez nos obliga a conformarnos con sólo levantar las cejas, abrir grande los ojos y esgrimir una simple y coloquial exclamación cargada de admiración: “¡Ta’ loco Federer!”.



                Y es que el domingo el más grande tenista de la historia regó e hizo crecer aún más su leyenda; tras una hora y 41 minutos de final ante Marin Cilic, a sólo 23 días de cumplir 36 años, Federer logró conquistar por octava vez en su carrera el trofeo de campeón de Wimbledon y obtuvo así su decimonoveno Grand Slam. Convirtiéndose de esta manera en el tenista que más veces conquistó ese mítico título londinense en la Era Abierta, superando por uno a Pete Sampras y William Renshaw, y estirando, a la vez, su récord de máximo ganador de Torneos Grandes entre los caballeros, llegó a 19 y extendió la brecha a cuatro de diferencia con respecto a Rafael Nadal. Además, lo que hace todavía más asombroso el nuevo logro del suizo es que cargaba con cuatro temporadas de tropezones en el verde césped de la “Catedral”, su último festejo allí había sido en 2012, luego frustraron sus ilusiones en las finales de 2014 y 2015 y en las “semis” del año pasado. Pero nada detiene a “Su Majestad”, siempre parece preparado para mejorar en determinados aspectos de su juego y volver a la cima. En pocas palabras, todo es gigantesco y esplendoroso cuando se habla del tenis de Roger Federer.



                A esto, a esta última proeza en Londres, habría que sumarle como datos destacados que la actual temporada viene siendo enormemente fructífera para Federer, tanto en logros como en rendimiento tenístico. Comenzó el año con todo, ganando un nuevo Grand Slam, el Australian Open, y sumando a sus arcas dos nuevos Master 1000: Indian Wells y Miami. Luego detuvo su andar, le dio descanso a su magia durante la etapa de polvo de ladrillo, porque, aunque a veces no parezca, los años y el tiempo sí hacen mella en su físico. Pasada la etapa donde el que reina es Nadal, cuando el césped brotó en la temporada tenística, el suizo retornó, y lo hizo con la calidad intacta y la costumbre de ganar, compitió en el ATP de Halle y se quedó con el trofeo. Así llegó la hora de un nuevo Wimbledon, donde el nivel que desplegó fue, una vez más, brillante.



                Durante el transcurso del tercer Gran Slam del año, Federer dio un concierto, muy armónico por cierto, de todos sus recursos, de todas sus habilidades, de todos sus golpes que refutan una y otra vez a la lógica, de toda su sapiencia para manejar los momentos claves de cada juego. El camino fue apabullante, sin ceder ningún set. Primero fue Dolgopolov que se retiró temprano por lesión y provocó que el “Gran” Roger, en un nuevo acto de humildad, proponga jugar una exhibición con Novak Djokovic -quien en la misma jornada también pasó la primera ronda jugando apenas un set y medio por abandono de su rival- pero la ATP y los organizadores del torneo no quisieron arriesgar y no lo permitieron. Luego vinieron Lajovic y Sverev. Más adelante, cuando los apellidos de los rivales ya vestían mayor experiencia, el nivel del actual número 3 del Ránking Mundial comenzaría a crecer en proporción a los desafíos que se avecinaban. Así, en octavos no le dio chances a Dimitrov y en cuartos despachó sin sobresaltos a Raonic. Llegaron las “semis” y la gran final y con ellas llegaron las clases magistrales de Federer. Ante Berdych y frente a Cilic, sin exagerar, dio la sensación que el suizo flotaba sobre el césped de la “Catedral”, ya no tan verde por las llagas que el trajín de la competencia había generado. Con un show de golpes que jugaban al límite con las líneas y siempre ganaban ese desafío lúdico, con un concierto de passing-shots, de contragolpes a puro movimiento de muñeca, de voleas lapidarias en la red, de derechas que se burlaban de las leyes de la física y de saques efectivos en su intención de hacer daño al rival, Roger Federer batió a sus rivales, maravilló a los espectadores y se coronó, por octava vez en su carrera, como el Rey de Wimbledon.



                En fin, pasó un nuevo Grand Slam, un nuevo Wimbledon, y nuevamente vimos brillar al mejor tenista de todos los tiempos. Otra vez lo vimos explotar de alegría, a su manera claro, alegría calma, alegría de suizo, alegría de caballero, alegría que desde hace unos años viene acompañada de lágrimas que parecen desnudar que hasta el propio genio se sorprende de su genialidad. Una vez más se reafirmó que el tenis de Federer es inigualable en estética, en coordinación, en armonía y en arte. El tenis de Federer es EL TENIS. En otras palabras, en palabras melancólicas, cada vez está más claro que cuando el cansancio lo venza y lo convenza de que es hora de colgar su pincel, perdón, su raqueta, el tenis ya no será lo mismo. El tenis tendrá que aprender a vivir entonces con un perenne y nostálgico vacío, como un eterno enamorado que abraza los poéticos recuerdos, como un eterno enamorado que se aferra a la esperanza de que existe otra vida después de esta vida, para reencontrarse y revivir allí con quien supo hacerlo más feliz.