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Elio Oktubre

Columnista
eliooktubre@laweek.com.ar
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A UN AÑO DEL GRITO QUE DESBORDÓ CIUDADELA
24-05-2017 16:30:42 hs.

El calor se siente cada vez más en Ciudadela, el calor comienza a asfixiar, otra vez. La duda pasa por saber si ese calor asfixiante es consecuencia sólo de la sobrecarga de gente que ahoga, una vez más, las tribunas de la Ciudadela o acaso se trata de otra crueldad del diabólico Federal “A” quien, maligno y burlón, abrió las compuertas de las calderas y amenaza al “Santo” con un nuevo año de estadía en ese infierno futbolístico. La cuestión es que se juegan minutos adicionados, noventa y cuatro minutos. El partido y la ilusión del pueblo “ciruja” agonizan, a punto de evaporarse junto a lágrimas de impotencia, a punto de caer al abismo, pero aún aferrados a ese último córner que hasta el arquero fue a buscar. La ejecución es fallida. La esperanza se frustra. La pelota deriva hacia afuera del área. Nace un intento de contraataque. Un rival remata desde atrás de la mitad de la cancha contra un arco vacío, contra un arco sin otra custodia más que toda la gente sanmartiniana implorando. La redonda se va frenando lentamente, se va quedando sin fuerzas, se detiene. Un suspiro mancomunado, con alivio, levanta unos papeles que todavía descansan en el paño verde. Parece que todavía queda una oportunidad para soñar. Todos abrazados entonces a la última ilusión que viajará con el exhausto pelotazo final que el guardameta (César Taborda), desde donde nació el partido, lanzará a enfrentarse contra toda la malaria acumulada en pesados años que transcurrieron padeciendo el Argentino “A”. Pero el lanzamiento resulta débil, se queda corto, no llega al área, necesita del impulso que en la alturas un héroe anónimo (héroe que después tendrá nombre propio: Alexis Ferrero) le dará con su cabeza. La gordita vestida de cuero llega al área. Ya en la zona donde se conquista la gloria, justo uno de los más criticados, “el gordo”, “el que no se puede ni mover”, Ramón Lentini, el que fue contratado para empujarlas y mandarlas a guardar, “lentinimente” corre tras una pelota que  parece destinada a morirse fuera de la cancha, la alcanza y la envía como una bendición que cae en el otro extremo del área más cortita. Allí donde Iván Agudiak se tira de cabeza sobre la pelota para empujarla hacia adentro del arco rival y desatar la absoluta locura, la absoluta felicidad, un grito desaforado que intenta expulsar todo el padecer acumulado, un grito sin cordura que se abraza con cualquier desconocido, que se abrazaría hasta con un enemigo, un grito sin ataduras que mueve las estructuras de la ciudad y desata un carnaval en pleno otoño, un grito que desborda todo, un grito desbordante que rompe las costuras y las soldaduras del cuerpo humano y deja al corazón expuesto, desnudo, ahí, en las manos, entregado al club que tanto aman, ofrendado al único santo que aman.



                La descripción del gol de Iván Agudiak, convertido hace un año, más exactamente el domingo 22 de mayo de 2016, con el cual San Martín pudo vencer 2-1 a Guaraní Antonio Franco y logró superar la instancia de octavos de final del Federal A, tiene todos los tintes de un relato ficticio, pero fue real, ocurrió así, como un cuento, un cuento que tendría un final muy feliz, con ascenso incluido. Tal es así que aunque ya transcurrieron trescientos sesenta y cinco días desde aquella tarde, la agónica conquista del “toro” Agudiak vuelve a ser rememorada, con pieles erizadas y sonrisas a cuestas, por los hinchas del “Santo", no sólo porque fue conseguida en la última jugada del partido y con todos los condimentos dramáticos que contuvo, no sólo porque el grito que provocado desbordó literalmente las tribunas del estadio, sino también porque todos saben que el impulso anímico y psicológico que ese gol le dio al equipo de Diego Cagna resultó vital para luego conseguir el ansiado retorno al Nacional B.