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Se dice que no puede salir otra Generación Dorada, pero
07-10-2016 18:44:44 hs.

-¿Qué significa este primer paso en el país en una función diferente a la de jugador?



-Ha sido una elección difícil por tener que volver de España sabiendo que mi mujer y mi hija se iban a quedar allá. Agradezco la confianza de Silvio (Santander) por sumarme a su grupo de trabajo. Cuando salió era una oportunidad buenísima porque era para lo que me estaba preparando, el ser entrenador. Quería intentar llegar lo antes posible al básquet profesional. Es una oportunidad buenísima porque estoy aprendiendo todo el tiempo de uno de los mejores entrenadores del país. Y también estaba la chance de volver a la Liga, algo tan atractivo y profesional en donde hay que estar preparado todos los días. De acá salís con un máster hecho.



-¿Cuándo empezó a gestarse la oportunidad de ser asistente en Quimsa?

-Con Silvio quedó un vínculo desde Lanús (NdeR: Victoriano jugó cuando Santander era el coach) y siempre nos escribíamos, quedó una relación muy buena por valorarnos nuestros trabajo. Tenemos muchas cosas en común. Cuando me dediqué a ser entrenador él fue uno de los modelos donde quería verme reflejado o sacarle muchas partes importantes de cómo trabaja. El sabía de eso, de mi admiración para, por ejemplo, su trabajo defensivo. Cuando tuvo la oportunidad me la hizo saber y me dejó un tiempo para acordar con mi familia esa parte difícil de separarse. La de trabajar era una decisión fácil, era un sí rotundo.



-¿Cuánto costó esa decisión desde lo familiar? Seguramente hacía rato que no te separabas de ellos por un largo tiempo.

-Costó y cuesta mucho. Mi mujer juega al básquet profesional en España y respeto mucho su carrera. Ya sabíamos de antemano que nuestras situaciones podrían llevarnos a separarnos. Cuando yo decidí venirme a Tucumán fue un gran acto de amor de ella, ahí justo quedó embarazada. Y no quería obligarla a más. Habíamos hablado de darle un hermano -en lo posible varón, jaja- a Carlota, que ya tiene dos años, y ella me dijo que quería jugar, que se sentía bien físicamente. La entendí y le di ese año, y justo salió la llamada de Silvio. Entonces era injusto pedirle algo más o cortarle la carrera. Si le decía que sí a Silvio sabía que tenía que alejarme de las dos. De mi mujer ya estaba un poco acostumbrado, pero mi hija es la que me hace sentir todos los días esa ausencia.



-Por suerte la tecnología hoy en día hace un poco menos dolorosa la distancia.

-Sin dudas. Lo hablamos siempre, incluso con mis viejos por lo que se bancaron. Antes no había nada de esto. A los 15 años yo me fui a Venado Tuerto y después a Madrid, y el contacto telefónico era semanal. Hoy tengo la posibilidad de ver a mi familia cuando quiero, de mandar audios, ver videos… No es lo mismo, pero el consuelo está.



-¿Cuál es tu mentalidad como entrenador, a qué apuntás?

-Creo que tengo la imagen innegable de lo que fue la Generación Dorada. Todos los equipos que tengo quiero que jueguen así, solidarios, con entrega, sabiendo cómo se trabaja. Después las cosas van cambiando tácticamente, hoy el básquet es muy moderno. Y ahora no se puede entrenar mucho por tantos partidos seguidos. Pero la idea, innegablemente, es tener ese sello de la Generación Dorada, sobre todo en la parte defensiva, donde ahí no existe un talento especial sino las ganas.




“Mi idea como entrenador, innegablemente, es tener ese sello de la Generación Dorada. Quiero que todos mis equipos jueguen así, solidarios, con entrega, sabiendo cómo se trabaja”.




-¿Y en ataque?

-Ahí está mi parte, la de ser talentoso, abierto, dejar más a la inspiración individual teniendo siempre las reglas más o menos claras. Dejar más margen de maniobra para el talento de cada uno, porque todos tienen uno, algunos más y otros menos. Quiero tratar de tener esa imagen. Pero siendo la Generación Dorada quizás hace que los equipos te parezcan menos de lo que son (risas). Al final de la temporada quizá te das cuenta que hiciste un gran torneo, pero durante el camino no lo ves porque siempre vas construyendo. Ojalá algún día un equipo me pueda dejar lleno del todo.



-¿Por qué elegiste este camino, era inevitable en los últimos años como jugador?

-Creo que sí, porque cuando hablo con los entrenadores que tuve en su momento me dicen que sabían que iba a terminar siendo entrenador. Yo no lo pensaba ni hacía cosas de entrenador hasta los 28 ó 30 años, cuando el cuerpo empezó a menguar. Mi lesión en la espalda hizo que mi cambio fuera radical. Dejé de ser explosivo y saltarín para ser un base más parecido a Cortijo o Pepe Sánchez. Era todo lo contrario y de repente pasé a ser más táctico, a leer mucho mejor. Y eso me llevó sí o sí a estudiar rivales y compañeros. Me gustaba involucrarme mucho en mis equipos, ver lo mejor adentro y fuera de la cancha…



-Ahí ya estaba claro y no había vuelta atrás…

-Esas cosas, indudablemente, decían que tenía madera para ser entrenador. Después me fui encontrando un poco más y cuando más te vas metiendo, más te gusta. Cuando más te informás, menos parece que sabés. Es una delicia de carrera. Todos los días se aprende algo y todos los días creés que estás más lejos de todo. Hoy en día el entrenador profesional sabe de psicología, coaching, idiomas, táctica, última generación de tecnología, edición, planificación, nutrición. Hay que meterse en todo y hablar con todos. El entrenador profesional está constantemente avanzando. Es una carrera espectacular.



-¿Qué pensás que podés dar en esta primera vez en este ámbito profesional?

-Vine con la idea de aprender día a día. Los entrenadores jóvenes me lo hacen llegar y me dicen “vas a trabajar con uno de nuestros referentes”. Creo que Silvio es un referente para los entrenadores jóvenes por cómo se refleja en sus equipos, por lo que uno quiere como entrenador. Uno quiere que el equipo hable por vos, que se vea con tus ideas. Te puede salir bien o mal, pero que el equipo hable por uno es lo que todo entrenador quiere. Y Silvio es un espejo. Tuve la suerte de trabajar con él y cada día vas aprendiendo cosas nuevas. No es un entrenador que se quede conforme, siempre quiere más. Eso al final siempre termina sacando lo mejor de lo que los rodean.



-Se te nota muy enganchado.

-Estoy muy metido en esto, me gusta, me siento cómodo y me gusta el espacio que él me deja, la comunicación que tengo con los jugadores. Y para afuera tengo que sacarme la etiqueta de ex jugador. Es muy difícil porque he sido un jugador más o menos reconocido y me pueden asociar a cuando jugaba. Pero mi idea es que me reconozcan más como entrenador. Seguramente con los años voy a querer que así sea, que sea el entrenador Victoriano y no el ex Generación Dorada.



-¿Con qué Liga Nacional te encontraste en este poco tiempo viviéndola desde adentro?

-Me encontré con un poco de lo podía ver desde afuera y con lo que jugué en su momento. Es una Liga muy particular, con una manera de jugar muy difícil de explicar. Le decimos “física”. Yo diría que una liga física es la NBA, donde los físicos predominan y los jugadores saltan, corren… Acá no pasa. Se le dice física entonces porque los jugadores se agarran, hay roce excesivo, contactos. Los partidos son una lucha muy pareja entre cualquier equipo, jugás al día siguiente… Es una liga complicada de jugar, en la que a los extranjeros les cuesta mucho adaptarse y por eso los que la conocen tienen ventaja sobre los nuevos. Y a los jugadores que nos tocó ir afuera y volver se nos hace difícil la readaptación por eso, por no saber cuándo soltar, cuándo agarrar.




“La Liga Nacional es física porque los jugadores se agarran, hay roce excesivo, contactos. Es una liga complicada de jugar y en la que vamos coartando el talento desde la táctica, desde la media falta. Hay que hacer autocrítica y tratar de tener un juego más limpio”.




-¿Eso es un problema?

-Es una liga dura, en donde juegan los jugadores con experiencia. En cada partido vas tratando de sobrevivir a lo que va pasando y termina uno y al toque empieza otra historia diferente. Hay un montón de criterios arbitrales en los partidos a los que te tenés que ir acomodando. Es un torneo súper parejo, donde sí o sí se necesita una tercer árbitro para mejorarlo y aclarar ese juego físico. También hay una parte buena y es que es una liga en constante crecimiento. Yo caí en un club como Quimsa que debe ser de los mejores que entendió la situación de mejorar la infraestructura. Ojalá todos con los años vayan tratando de poner en los ojos de los que no son tan del básquet que el producto te guste.



-¿Te referís a buscar el espectáculo?

-Hablamos de infraestructura, marketing, streaming y demás, pero muchas veces lo que se ve en la cancha no hace que te quedes. Muchas veces ese juego agarrado, friccionado y poco vistoso no hace que uno se quede a verlo y se enganche con el básquet. Todos tenemos que ir buscando un bien común, más allá de lo que se pueda mejorar en cada equipo. Quizá no tratamos de jugar bien, de jugar sin agarrar, de ser vistoso, de que el que venga a ver por primera vez un partido se enganche y quiera venir al siguiente. De manera egoísta tenemos nuestra manera profesional de buscar ganar. Eso lo tenemos claro desde chiquito. Pero no va por ahí. Al final todos queremos ganar, pero hay maneras y maneras. Cuando enfoquemos a nivel general que esto es un espectáculo, que lo están vendiendo como eso, a la larga todos ganaremos. Porque el consumidor general se inclinará más por ver básquet que otro deporte.



-¿Y a qué hay que apuntar para conseguirlo?

-Los directivos lo están intentando, buscan cambiar cosas. Ellos también tienen que plantearse hacia dónde vamos y lo que queremos hacer. Es una Liga en la que vamos coartando al talento desde lo táctico, desde la media falta. Vamos haciendo que los buenos vayan minimizándose, y al final terminan siendo todos jugadores parecidos y no tiene que ser así. Hay jugadores defensivos a los que se respeta demasiado, y hay jugadores creativos a los que no se respeta demasiado o se los pone en el mismo lugar que el que sale a hacer faltas. Al final estás coartando el talento, no estás favoreciendo al talentoso que genera espectáculo. Hay que hacer una autocrítica entre todos, tratar de que el juego sea más limpio y ver que podamos sacar jugadores con más talento. Siempre tuvimos déficit de altura a nivel mundial, que ahora se emparejó un poco con el Plan Altura de Sebastián Uranga, algo brillante. Pero todos tenemos que remar para el mismo lado para que también después sea favorable para la Selección.



-Vos trabajaste con chicos en España. ¿Qué veías allá y qué ves acá en relación a las formativas? ¿Cuál es el ideal a trabajar acá en esa materia?

-El análisis es muy personal. En España tenés una infraestructura que hace que los equipos se entrenen en tres canchas, con más horarios y comodidades. Acá los clubes sufren cada vez más desarraigo, tienen muchos problemas políticos o situaciones que no son las acordes para exigirle a un entrenador. Hay un montón de cosas para mejorar. En España, se empieza desde la competencia escolar y va subiendo a una parte más competitiva, luego profesional y después el súper profesionalismo. Acá parece que todos queremos hacer de todo, queremos entrenar como un profesional a un nene de 13 años, que no se puede ni se debe; o creemos que si no estás en la elite con 16 ó 17 años sos un jugador malo, mediocre o perdido. En España tienen el concepto de pibe para un jugador de 22 ó 23 años. Acá, si no tocaste la Liga con esa edad ya estás etiquetado como un jugador de TNA o Federal. Los tiempos acá son muy apresurados y no hay una estructura general de cómo formar y sacar pibes. Hay que unificar criterios con la Confederación, que tiene que ser la madre de todo esto. Y una de las mejores cosas de lo que está consiguiendo la CABB es el proyecto del Programa Nacional Formativo. Argentina es una mina de oro para sacar jugadores y acá tenemos un gen que no existe en Europa.



-¿Cuál?

-Ellos nos pueden ganar en horas de trabajo, en elementos para trabajar, en partidos y cantidad de competiciones, pero no en el corazón, que es algo que no se entrena. Cuando nosotros empecemos a entrenar como en Europa, vamos a tener esa ventaja del corazón, la competitividad, la calle, la picardía. Soy partidario de que el Programa Nacional Formativo llegue a todos lados. Todos los entrenadores tenemos que estar apoyando constantemente. Hoy me toca estar en una parte profesional, pero no quiero alejarme de ver a los chicos, de sacar conclusiones, de ayudar. Hay que unificar una línea y saber que los chicos no tienen que competir o buscar ganar a cierta edad.



-Hablando de futuro y avanzando etapas en eso de formar, ¿cómo ves a la Selección en relación al nuevo material que ya está en el equipo y el que viene más atrás?

-La verdad es que veo muy buenos proyectos de jugadores. Algunos ya están un poco más formados, pero la mayoría tiene muchísimo para dar, con un techo muy arriba. Campazzo y Laprovittola tienen muchos años en la Selección pero son pibes, tienen margen de mejora. Son todos pibes entrenables para volver a la escuela de 1999, 2000, 2001. La de estar concentrados, entrenar, arrasar en los entrenamientos y partidos, tener aquella energía… Un poco lo que fue en el inicio de la Generación Dorada, donde los rivales tenían enfrente a 12 tipos comiéndoles la cabeza en todo momento. Hay que volver a esas fuentes, sabiendo el talento de los jugadores. Se dice que no puede salir otra Generación Dorada pero tengo mis dudas. Hay muchos jugadores que están muy preparados y están pidiendo a gritos ser entrenados en ese sentido, en el “vamos a comerle el hígado al rival”.




“Veo muy buenos proyectos de jugadores, con un techo muy arriba. Se dice que no puede salir otra Generación Dorada pero tengo mis dudas. Hay mucho jugadores que están muy preparados. No estamos de luto sino para trabajar y seguir porque hay material”.




-De los nuevos, ¿hay alguno que te sorprenda o te genere decir “este es especial o distinto”?

-Facu (Campazzo) es un animal mental, y no me sorprende porque lo conozco. Laprovittola tiene un crecimiento que no ves el techo. Ves a (Nicolás) Brussino jugando en NBA con una desfachatez terrible. Es pretemporada y todo lo que quieras, pero va y juega. Acá tenés a Gaby Deck que pide a gritos Selección, Gallizzi, Acuña, Saiz -quien creció muchísimo físicamente y está hecho un animal-. Son muchos. Hay material muy bueno para poder hacer buenos equipos. Facu y Nico, los bases, son buenos pero no deberían relajarse -ni lo van a hacer porque los conozco- porque Luca y José Vildoza podrían estar en su lugar. Tenemos material, ahora hay que ponerse a trabajar, ponerse nuevamente el overol. Vamos a tener menos ciencia, menos experiencia porque se fueron los más importantes de la historia del básquet. Pero no estamos para el luto sino para trabajar y seguir porque hay material.



-¿Cómo analizás el juego de Argentina en los Juegos Olímpicos?

-Fue un equipo en el que nosotros nos seguíamos viendo reflejado por la Generación Dorada, pero en el juego no tenía nada que ver. No le podías pedir a Manu lo mismo que hace 15 años. El equipo se acomodaba al material que tenía, Oveja (Hernández) tenía que ponerles una manera de jugar acorde a ellos. Que se hayan retirado casi todos te da camino a reorganizar todo para volver a la fuente que nos dio buenos resultados. En los Juegos hay muchas circunstancias para analizar. Particularmente creo que el juego en sí no fue bueno. Ganamos un partido increíble contra Brasil, jugamos bien contra Nigeria y después hubo pasajes buenos, pero no fue un juego que te llene o comparable a otros años. Creo que no jugamos del todo bien, pero lo hicimos con nuestras armas y estuvimos ahí con esa inigualable que tenemos, el corazón.



-Al margen de eso y por lo que dijiste antes, parece que ves a Argentina bien parada a nivel internacional de cara al futuro, ¿no?

-Sí, y podríamos estar mejor. Pero no sólo hay que centrarse en nosotros. El mundo va creciendo, las potencias se van rearmando y cambiando de jugadores y etapas. Hay países donde el cambio generacional no se nota. Hay que masticar y ver cómo van yendo los demás. Nosotros tenemos que mirar nuestro crecimiento pero también hacia dónde va el mundo. Pero si entrenás podés competir siempre porque eso sí quedó, ese ADN de la Generación Dorada quedó, el del corazón, la entrega, el no dar nada por perdido, cuidarse y entrenar.



Leandro Fernández

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